Proyecto de fotografía documental La Garcipollera, paraiso olvidado.


Cuando un pueblo se pierde, por pequeño que haya sido, siempre es un paso atrás, un terrible fallo de no saber continuar el arduo trabajo de muchas generaciones que lucharon por mantener vivo un valle, una familia, un hogar.

La Garcipollera siempre se consideró un valle pobre o seco, a diferencia de sus vecinos ricos (Ansó, Hecho, Tena o Bielsa). No se sabe con certeza si sus habitantes llegaron alguna vez a alcanzar un nivel de vida superior al de vivir de lo que no gastaban.

“Pan tierno y leña verde, la casa pierde” (Rosalia Estua – Bergosa)

Una vida dedicada al cultivo de cebollas en alta montaña (hasta 1200m. de altitud) y la transhumancia solo permitían una economía de supervivencia. La vida pasaba entre trabajo y descanso con muy pocas ocasiones para el disfrute, salvo en fiestas patronales, algunas celebraciones familiares y el mayor festejo del año, la romería a la virgen de Iguacel.


Ya en tiempos de Primo de Rivera se declaró a La Garcipollera bien de interés nacional para la repoblación forestal, pero fue después de la guerra civil, al construir el pantano de Yesa, cuando se vió que el rio Ijuez colmataba el futuro pantano. En ese momento se decidió realizar la expropiación y venta de los pueblos.


La mayoría de los vecinos aceptó de buen grado. La tradición, los sentimientos y la nostalgia no pudieron contra la esperanza de un futuro mejor.


En 1956 se empezaron a adquirir los terrenos y a repoblarlos con coníferas. Se introdujo también fauna cinegética autóctona creando en 1962 el Coto Nacional de Caza de La Garcipollera.

A finales de los años 60, La Garcipollera era un valle despoblado en el que solo quedaban los restos de todas las gentes que un día trabajaron y lucharon por sobrevivir. ¿Despoblado?¿Seguro?

Laminas presentadas para el trabajo documental

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